El tango tiene muchos rostros
El tango tiene muchos rostros. Pero su esencia es sorprendentemente sencilla. Sin exigirnos nada, nos pide una sola cosa: sinceridad.
No te exige cambiar. Tiene espacio de sobra para acogernos tal como somos: alegres, orgullosos, distantes o juguetones; sonriendo o llorando. Recibe nuestras emociones y les permite recorrer el cuerpo hasta convertirse en movimiento, sin intentar levantarnos el ánimo ni esconder el contenido detrás de la forma. Nos permite —e incluso nos exige— ser nosotros mismos.
Y en ese espacio también hay lugar para la emoción más extrema: la tristeza. En esos momentos, el tango suele volverse aún más verdadero.
Una vez, en Argentina, una mujer desconocida me contó una historia mientras conversábamos en un café.
Volvían en coche hacia Buenos Aires después del funeral de un amigo. Las palabras se habían terminado y sólo quedaba el silencio. Entonces, uno de ellos preguntó, casi con timidez:
—¿Y esta noche?
…
—¿Vamos a bailar tango?
No porque fuera fácil. No para olvidar. Sino porque necesitaban permanecer con lo que había: con el silencio, con el dolor y con aquello que no juzga, no exige ni arrebata, sino que simplemente se identifica contigo y recibe tu frecuencia. Porque cuando tu frecuencia y la del entorno coinciden, recuperas la calma, como un niño al que abrazan y estrechan contra el corazón.
En el tango, la tristeza y el dolor no se consideran una debilidad. Más bien al contrario: son una fuente de profundidad.
Pero la tristeza aparece aquí sólo por su carácter extremo y por la paradoja que encierra —porque solemos asociar el baile con la alegría y no con la melancolía—, no porque sea una condición necesaria.
El tango es capaz de contener todo el espectro de las emociones: desde la ternura hasta la tensión, desde la nostalgia hasta la pasión. La emoción nunca es un obstáculo; es la materia misma del baile.
La vida nos exige determinados estados de ánimo: energía, entusiasmo, ligereza. Nos invita constantemente a salir de nosotros mismos, a convertirnos en una versión mejorada: más bellos, más seductores, más fuertes, más brillantes, y a seguir escapando eternamente de esa maldita «caja».
¿Y si, a veces, simplemente no queremos?
Puede parecer una paradoja, pero no resulta extraño que sea precisamente en el silencio del tango, en su ausencia de reproches, donde acabamos saliendo de esa caja y empezamos a cambiar. No porque debamos hacerlo, sino porque cambia nuestra manera de mirar, nuestras ideas, nuestra visión del mundo. Y, a veces, sencillamente porque ha llegado el momento de querer cambiar.
Ahí reside el encanto del tango: en su sencillez. Nos permite ser quienes somos hoy.
Y nosotros nunca somos exactamente los mismos.
Cada vez somos distintos.
Cada vez somos uno de sus muchos rostros.
